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neo Dark post EuridiceLaberintos de la posmodernidad June 22 Tablas de la conquista de México. Tabla IV
El goce oculto en el primer plano.
Se encuentran expuestas en el Museo Nacional de Bellas Artes 15 tablas ejecutadas con tinta y nácar sobre madera, que relatan la conquista de México desde el momento del desembarco español a cargo de Hernán Cortés, hasta la caída de la capital azteca, Tenochtitlán, y el apresamiento de Cauhtémoc, último emperador indígena. Las obras presentan un carácter narrativo evidenciado por la cartela que enuncia el episodio puesto en juego a través de las imágenes. Para construir el planteo iconográfico presente en las mismas, el pintor se ha basado en una crónica del siglo XVII escrita por Bernal Díaz del Castillo. El autor de esta serie fue Miguel Gonzáles, quien trabajó en los últimos años del siglo XVII y primeros del XVIII, con la técnica del enconchado. Los «enconchados» adquirieron categoría de alhaja, objetos artísticos buscados y coleccionados por un amplio público y clientela, tanto de la Nueva España como de la Península Ibérica. Miguel Gonzáles, junto con su padre y su hermano, están vinculados a más de un centenar de obras, entre las cuales se encuentran no solo las argumentadas con escenas de la conquista de México, depositadas en el MNBA, sino que además existen otros cuatro conjuntos conocidos, similares a esta serie, que se encuentran en colecciones de América y España. La elección iconográfica dispuesta en las tablas, implica un proceso de selección, fijación y autentificación de los acontecimientos dispuestos en ellas. Considero sería pertinente detener en este punto nuestra mirada, a fin de poder desarrollar algo de la dinámica de dichos asuntos. Tomemos la tabla IV, en ella aparece representada la destrucción de los ídolos por mandato de Cortés, en el primer plano, mientras que en las zonas posteriores se representan, una escena de la construcción de una ciudad, con el énfasis puesto básicamente en la iglesia, y dos escenas que remiten a la evangelización, la prédica y el bautismo a los indígenas. Entonces al acto de destrucción del ídolo dispuesto en el primer plano de la zona central, le sigue un acto de sustitución, evidenciado por la construcción de la iglesia y la prédica de la religión cristiana. Dado que todo esto está representado en la misma tabla, podríamos conjeturar que responde a cierta lógica interna. La cartela narrativa nos impone un modo de lectura de las representaciones existentes en la tabla, que podría suponerse que va desde el registro superior hacia el inferior, finalizando en la zona central del primer plano. La cartela dice lo siguiente: “Trabajan en fabricar la villa rica los soldados del Capitán Cortés, les ayudan los indios totonaques – predica el padre Fray Bartolomé de Olmedo, y bautiza las ocho indias que dio el Cacique Gordo – Manda el Capitán General Cortés derrocar los ídolos que estaban en el pueblo de Zempoal.” Se podría pensar que el sentido de lectura de la imagen impuesto por la cartela, indica una inversión respecto del modo de articulación de las escenas en cuanto a la lógica de destrucción y sustitución anteriormente mencionada. Tomando a Gruzinski, podemos argumentar que un primer tiempo lógico implica los actos de destrucción y extirpación de los ídolos, y un segundo momento, involucra que estos hayan sido sustituidos por las imágenes religiosas y la prédica cristiana. Desde esta perspectiva la sustitución, supone una pérdida lógicamente anterior, la destrucción de las idolatrías. Si este fuera el caso, entonces dicha lógica implicaría una lectura, desde el primer plano, ubicado en la parte inferior de la tabla, hacia las escenas posteriores que se desarrollan en los registros superiores de la misma. Sin embargo, la lectura que aparece implicada a partir de la cartela narrativa, y que podemos pensar correspondía a la iconografía de la época a la que pertenece el autor de la obra, es exactamente la inversa (Desde registro superior al inferior, o desde atrás hacia delante.) De modo que el orden de la secuencia propuesto a través de la cartela, comenzaría por presentar los actos benéficos de construcción de la ciudad con su iglesia, la posterior enseñanza y bautismo cristiano a favor de la salvación de los indígenas, y al acto de destrucción de los ídolos como una consecuencia cándida del resguardo del alma de los nativos. ¿Qué sentido debemos suponerle a esta lectura? Si este modo de significar la conquista articula un discurso propuesto en la época y dado a ver a través de estas imágenes, ¿Qué es allí la verdad? ¿Qué encubre? ¿Qué devela? ¿Qué modo de goce se pone en juego como producto de este discurso? Imposible desarrollar estas preguntas en un breve relato como este, por lo que propongo dejarlas abiertas. Sin embargo podríamos ensayar un primer acercamiento a dichos interrogantes. Si, sería posible, pensar que las significaciones impuestas por la cartela, disuelven en su continuidad narrativa, los hechos de violencia sobre los que se sustentó la conquista. Por lo qué la lectura de la imagen sostenida allí, funcionaría por un lado, como una figuración, articulada en un discurso que ordena el imaginario social del momento, y por otro, actúa como una suerte disfraz que invisibiliza un goce oculto. Goce que sin embargo sigue ahí, en la base, la violencia ejercida sobre los indígenas. Si tomamos con Heidegger, que en la obra de arte existe un acontecer de la verdad. Y si la lectura de la cartela implica un sentido, un orden, dispuesto para una época, quizás ubicar su reverso se encuentre en asonancia con dicha verdad. Una verdad que se oculta en la imagen pero que no esta ausente, una verdad que es hermana del goce. Derrida, se refiere a este tipo de cartelas, nombrándolas como orlas. Indica con ello a una cartela, cartucho, o tabla que funciona como soporte de inscripciones suplementarias, como podría ser un conjunto de trazos que forman un título, dedicatoria, etc. y muchas veces se ponen en juego cuando esta implicada una serie. Él sostiene que la lógica de la orla desconcierta como el de una narración improbable. Si se coloca a la orla fuera de obra, su verdad intocable cae en ruinas, se vuelve externa. Y se puede, considerando el adentro de la obra, desplazar o invertir el orden del discurso. Por el contrario, si se deja un lugar a la orla en el interior, esta ya no es más que una pieza del resultado general, y el relato se reinscribe en la serie. Poner a funcionar las inscripciones de las cartelas fuera del marco de la obra, interrogándolas, provocaría que dichas orlas no puedan pretender recitar su verdad sino dando lugar a las condiciones de la duda.
C.P.G
Este trabajo fue presentado en la UBA. Escrito para Historia del arte americano I Todos los derechos recervados October 08 Un cuento del 2001..."Los elegidos de Earthquake"
Un destino demoníaco.
...y viendo el humo de su incendio dieron voces diciendo:
¿Qué ciudad era semejante a esta gran ciudad?
Apocalipsis 18.18
Ingresaba a través de unas puertas delgadas de vidrio a mi trabajo. Era una escuela o una universidad yanqui, por la característica de las instalaciones. El edificio era grande, con madera clara y lleno ventanas detrás de las cuales se veían pequeños paisajes o cascadas de piedra, por momentos parecía un shopping, pero los jóvenes que circulaban por los pasillos, armados de carpetas, discmans y mochilas de colores, no dejaba de intuir una casa de estudios.
Entré atravesando el cristal que se abrió automáticamente a mi paso y continué taconeando sobre un piso de mármol muy brillante hasta llegar a una segunda puerta plateada de un ascensor al cual me introduje y que me llevaría a lo que es uno de los últimos pisos del edificio. Las puertas se cerraron a mi espalda luego de sonar la campañilla típica de esos elevadores impecables donde uno puede encerrarse con su propio reflejo distorsionado mientras cambian los numeritos rojos conjuntamente con el movimiento de la nave. Había en el ascensor una chica en silla de ruedas acompañada de su novio que según comprendo es un joven famoso, tal vez una estrella de rock, rockstar sería la palabra correcta para nominarlo. Tendrían ambos unos veintitantos años y se notaba que estaban muy enamorados. Él en particular parecía todo el tiempo procurar protegerla debido a la indefensión en la que ella supuestamente se encontraba. Había a su vez cierta admiración en sus ojos, como si el desvalimiento de la joven fuera solo el precio de alguna grandeza oculta que ella soportaba como un estandarte viviente, como si él la supiera poseedora de cierto don oscuro inapreciable de quien él era su único guardián. Igual que los colosos que custodiaban la entrada de los misteriosos templos antiguos, el rockstar empujaba la silla de ruedas y callaba. Ella parecía preocupada por la popularidad de su pareja, no quería ser vista por el grupo de fans que seguramente los acosarían dentro del edificio. Él ocultaba su inquietud como detrás de una incorruptible máscara de piedra, mientras estábamos los tres en el espacio reducido del elevador. Lo más extraño del caso fue que hubo cierto reconocimiento entre la joven y yo, como cierta conexión instantánea, a pesar de que ambas parecíamos el positivo y el negativo de una misma fotografía. Yo estaba más alta, más adulta y más fuerte de lo que soy, erguida sobre mis piernas alargadas, ajustada dentro de un agraciado traje negro, una blusa blanca básica debajo de la chaqueta y un maletín de cuero al tono. Ella en cambio tenía un pantaloncito suelto muy oscuro y una blusa clara pero como caída y arrugada debido a sus dificultades motrices, sin embargo era hermosa dentro de la misma palidez que yo ocultaba debajo del maquillaje. Cambiamos algunas palabras en tono muy irónico. Recuerdo que su estilo me llamó la atención, fue parte del reconocimiento mutuo, pensé: "Esta chica me cae bien, es como yo, tenemos la misma forma, sin embargo ella todavía tiene mucho que aprender". Mientras hablábamos nos sonreíamos por dentro, a las dos nos surcaba la misma mueca recortada por el dulzor de la soberbia. Antes de oír el ruido que avisaba la apertura de la puerta hermética para mi salida pregunté el nombre de la joven. "Dark", me contestó, pensado que no sabía quienes eran ni ella ni al rockstar a pesar de que sus fotos poblaban varias revistas de música. " Y él es Dr. Fuego", afirmó señalando a su guardaespaldas. "Mirá vos", le respondí, "Yo me llamo igual. Encantada Darkie..." Elijo llamarla Darkie por dos cuestiones, ella es más joven y todavía se halla algo débil, aún le falta cierto trayecto para que yo, Dark, la nombre sin el diminutivo, además llamarla Darkie indica nuestra intimidad, esa especie de confianza que surge al encontrarse con la imagen del espejo. Ella quedó perpleja por el atrevimiento, pero supe que entendía y nos despedimos con un gesto de lo más amigable. El cielo se veía a través de una inmensa cúpula cristalina que cubría el patio de la universidad-shopping. Se acercó una alumna de la casa y me comentó que el rockstar estaba filmando un video de incógnito dentro del edificio y que ella se desvivía por asistir a la grabación. Me contó de Darkie, de quien parecía más admirada que del cantante y me mostró una foto de ambos donde Dr. Fuego huye de la multitud con su novia paralítica entre los brazos. La fotografía parecía más bien un dibujo de manga por la silueta de los personajes, sin embargo la pareja aparecía perfectamente reconocible. Darkie estaba aún más joven, de unos trece años, lo mismo que Dr. fuego con su cabello rubio y elevado de guerrero Saiyajin. “Esta imagen bien podría ser eterna”, pensé mientras devolvía la foto a las manos de su dueña. No quería delatar al dúo delante de la jovencita fanatizada por lo que decidí decirle que si llegaba a saber algo sobre ellos le avisaría de inmediato. La niña me miró confiada, mentí, pero la pobre no imaginó que detrás de mis ojos desinteresados había como siempre un profundo conocimiento de la mayoría de las situaciones que intentan ocultarse a los ojos de los humanos corrientes, de los humanos que no saben ver, de aquellos que no poseen un guardián para su templo, para su laberinto o para empujar su silla de ruedas. La escena se transforma. De golpe un estallido. Un estruendo ensordecedor viene del cielo y parece atravesar la cúpula haciendo caer una lluvia de vidrios sobre los cuerpos que ahora corren asustados hacia uno y otro lado del edificio. Incendios se inician desde los sectores más inesperados, las vigas se desploman apresando a la gente bajo sus esqueletos. La violencia del principio de un derrumbe maldito mece las instalaciones habitadas por la ira del temblor, por un demonio Earthquake fundamental, cuya sonrisa de fuego se materializa para devorar a todos aquellos que por fatalidad o confusión se acercan a su boca combustible. Quien sabe la joven fan que unos minutos antes me preguntaba por el destino de la parejita no terminó arrojándose al vacío acorralada por un arco de llamas que tomó la forma de la mirada del diablo para observarla caer. Paradójicamente, nada de lo que veo me sorprende, me siento protegida, en el espanto del estupor general, de los gritos de la muerte, de la perplejidad del aire calentado y el derrumbe inminente, recuerdo una frase que me retorna en sueños: "Cuando escuche cabalgar a los jinetes del Apocalipsis, me sentaré a mirar el espectáculo". A lo lejos veo a Darkie conducida hacia las escaleras por el rockstar desesperado por ponerla a salvo. Nos miramos un instante, ella parece asustada pero no me preocupa, sé que Dr. Fuego la sacará de allí, las hileras candentes se apartarán a su paso y el derrumbe catastrófico lo pensará dos veces antes de arrojar una sola piedra sobre ellos. Earthquake verá salir al guerrero sosteniendo la indefensión de Darkie entre sus manos o empujando la silla de ruedas por las calles que los distancian del terror, para luego dejar caer su silueta ruinosa y ruidosa sobre el resto de la gente que todavía se arrastra. Estoy aún allí pero este es mi pasado, que también es presente y es futuro porque el derrumbe vendrá. Estoy en Grecia o Roma, el terremoto inicia la devastación de los templos que ahora son antiguos y son ruinas. La gente de la polis corre aterrorizada intentando escapar de los colosos de piedra cuyos pies que parecen de barro comienzan a temblar conjuntamente con la tierra marcando la caída inminente de sus enormes cuerpos sobre los desorientados habitantes. Mi guardián está allí, desenfrenado, sosteniendo las rocas con sus manos para dejarme libre fuera de los oráculos. Los colosos son dos, van a abatirse ahora. El gladiador me cubre aferrándose a mi túnica, evita que se enrede en los cadáveres la trenza larga de mi pelo. Siento su infinita desesperación por protegerme, por obligarme a sobrevivir. Quiero calmarlo, le digo en un idioma extraño: "¿No ves que no nos puede pasar nada? La fatalidad de los dioses se repite, y nunca nos tocó". Earthquake está otra vez allí, estuvo antes, o estará, me alejó del horror de su caída y perdonó al guardián. Mi amante logró ponerme a salvo sobre una plataforma alejada del peligro, luego se desplomó exhausto junto a mí. Los colosos se derrumbaron impiadosos, los templos se destruyeron, los jinetes cabalgaron sobre restos humanos enterrados en vida. Nosotros, fatídicamente, nos sentamos a mirar el espectáculo. Ambos sabíamos que nuestro destino se había despertado, y que este retornará eternamente idéntico, en tanto que los dioses sean reales. Caro
Lina
Escrito el 6 de Septiembre del 2001.
Todos los derechos recervados
July 21 Hécate ¡Les presento a Hécate! ¡Arrodíllense!!!!! Y levanten un poco la cabecita para mirar que linda esssssssssssss!!!!! Hécate (en griegoἙκάτη Hekátē o Ἑκάτα Hekáta, de έκατερις hekateris, ‘baile de manos’) fue originalmente una diosa de las tierras salvajes y los partos originaria de Tracia o de los Carios de Anatolia. Los cultos populares que la veneraban como diosa madre hicieron que fuese integrada en la mitología. En la Alejandría ptolemaica terminaría alcanzando sus connotaciones de diosa de la hechicería y su papel como «Reina de los Fantasmas», aspecto bajo el que fue transmitido a la cultura post- renacentista. Hécate era una diosa lunar, que se manifestaba en la oscuridad e la luna. Era hija de Asteria (diosa de las estrellas) y hermana de Leto (la oculta). Fue una diosa Liminar, que cumplía un papel en las fronteras entre la vida y la muerte, los partos, las bodas, y se extendía también a los límites entre naturaleza y cultura, vigilia y sueño, salud y locura, etc. Hécate como diosa liminar tenía un papel en las encrucijadas, especialmente las de tres caminos, esto proviene de su esfera original como diosa de lo salvaje y de las tierras inexploradas. Hécate era representada tripe y los griegos colocaban sus imágenes en los cruces de caminos. El título moderno más común de Hécate es el de diosa de la hechicería. También era considerada la «Reina de los Fantasmas». Es por esto que se ponían en las fronteras como protección frente al peligro imágenes de Hécate que podía jugar un papel protector. Se hizo común poner estatuas de la diosa en las puertas de las ciudades, y finalmente en las puertas de las casas. Con el tiempo, la asociación con el alejamiento de espíritus malignos llevó a la creencia de que ofender a Hécate también los atraía. Así surgieron las invocaciones a Hécate como gobernadora suprema de las fronteras entre el mundo normal y el de los espíritus. Durante la Edad Media, Hécate fue adorada en Europa por brujas que adoptaron partes de sus mitos como diosa de la hechicería. Debido a que Hécate ya había sido muy difamada a fines del periodo romano, a los cristianos de la época les resultó fácil envilecer su imagen. De esta forma todas sus criaturas fueron también consideradas «criaturas de la oscuridad». Suele representarse a Hécate de forma triple, llevando antorchas, con mucha frecuencia también un cuchillo, y puede aparecer sujetando una cuerda, una llave, un vial, flores o una granada. La antorcha es presumiblemente un símbolo de la luz que ilumina la oscuridad, porque los griegos aseguraron a Hécate en su papel de traedora de la sabiduría. Su cuchillo representa su papel como matrona al cortar el cordón umbilical (posiblemente simbolizado por la cuerda), así como también al romper el vínculo entre el cuerpo y el espíritu al morir. La llave alude al papel de Hécate como guardiana de puertas, siendo la que podría abrir las puertas del conocimiento sagrado. Los himnos órficos la mencionan como «reina de las llaves de todo el Cosmos». En la imaginería posterior también tiene dos perros fantasmales como sirvientes a su lado. En el neopaganismo moderno Hécate es vista como diosa de la magia. No siempre es considerada una diosa benévola, y sus favores se consideran inconstantes. Se cree que concede poderes mágicos a quienes la complacen, así como también alivio de sus males, facilidad en el parto, cura de enfermedades e incluso algunos creen que la longevidad sobrenatural. Se cree que a veces castiga a quienes le enfadan con (entre otras cosas) la locura o la enfermedad. Se piensa que Hécate es indiferente hacia los mortales salvo que se ganen su atención, reservando la mayoría de sus favores a seres innatamente mágicos.<BR > «Reina de los Fantasmas» es un título asociado con Hécate debido a la creencia de que podía tanto evitar que el mal saliese del mundo de los espíritus, como también permitir que dicho mal entrase. Hécate, entonces tenía un papel y poder especial en los cementerios. Guardaba los «caminos y senderos que se cruzan» es por eso que también se asociaban con ella las zonas salvajes, bosques, fronteras, murallas y puertas de las ciudades y las encrucijadas. Por último, si hacemos un paralelismo entre culturas, la figura de Hécate puede ser relacionada con la de Isis en la mitología egipcia, gracias principalmente a su lugar como hechicera. En la mitología hebrea se la compara con Lilith y con la ramera de Babilonia en la tradición cristiana posterior. Ambas eran símbolos de los puntos liminares y Lilith también tiene un papel en la hechicería. Así que ya saben, traten de hacerse querer por mi gata nueva porque sino estamos todos el problemas…. Y…. No me vengan a decir que no se elegir nombres divinosssssssssss!!!!!!!! Saludos a Todos... Caro Lina February 24 La Casa Una, otra vez, y de nuevo, entrando y saliendo de cuartos azules, maniobrando con presencias inquietantes, respirando a través de la ventana el aire quieto de la noche. Algo de esto debe estar escrito al margen del libro de los sueños. El libro que se desvanece una vez advenida la vigilia y quema con el día sus hojas de Fénix condenadas al olvido. El olvido, ese don que yo no tengo.
Era la madrugada, eso lo supe luego, cuando ya no era esa que soy si lo oscuro me duplica y los gritos se atragantan. Ahora, estamos de viaje, tengo que llevar al grupo a alguna parte, ellos no saben el camino ni conocen los lados de la noche, por eso soy su guía y están a mi cuidado. Entramos a la casa, vamos a alojarnos allí por algún tiempo, la sombras cayeron sobre el bosque y ellos no podrán dormir a la intemperie, además, los verdes se pusieron tétricos y los pájaros callaron. Ellos no resistirán afuera, tenemos que entrar. Conozco la casa, no es la primera vez que habito entre sus brazos, cruzar la puerta es incorporarse al tiempo extraño del dejá vu que es parte de su estética. Es la casa y es al la vez la iglesia de Auvers pintada con los azules del artista, en su exterior los árboles delante del asilo de Saint Paul y el cielo de la noche estrellada. Todo es hipernítido y no me inquieta más de lo que me maravilla. Es la casa, y es una condensación de los azules de Van Gogh, sin embargo es tan raro, ni un solo jarrón con girasoles. Me pregunto si los huéspedes podrán admirar la belleza extranjera de la casa, o si comprenderán el tiempo perturbado del instante donde el nudo es pasado, presente y porvenir. Se que están confusos y que algunos tienen miedo. Se que me miran con ojos agobiados y que no hay otro remedio que confiar en mi para su viaje. Me pregunto qué hacen aquí, conmigo, estos son espacios que siempre crucé sola y nunca me hubiera animado a traer a alguien a esta casa habitada por la presencia del doble. Tengo el vago recuerdo de haberlos encontrado perdidos en el bosque cuando la neblina comenzaba a caerles encima con desesperación, y de haber visto a la chica ciega sosteniendo el brazo de su hermana que contenía el llanto. Creo que cuando advertí la ceguera de la joven no pude más que hacerme responsable, como si hubiera sido mi propia mirada la que estuviera en juego y no la suya, como si esos agujeros me interrogaran desde la indefensión de la niña que pendía como títere de la mano de la otra. Entonces, los traje a la casa. La casa es hermosa y es maléfica. El azul enloquecido contrasta con el movimiento angelical de las cortinas al viento. Los doseles blanquísimos se mecen al ritmo de la música que instaura la proximidad de la tormenta y avecinan siluetas que brillan en sus telas como las bailarinas del lago de los cisnes. Ya es la hora, hay que cerrar las ventanas e interrumpir la danza los blancos, afuera es peligroso y esa gente no sabe del horror. La casa queda quieta, silenciosa, eso, está ahí, pero es conmigo, tengo que cuidarlos también de la presencia, traer alguna luz. Prendo las lágrimas que son lámparas y como de costumbre, quedo hipnotizada con la llama que se enciende y surca la oscuridad, sin embargo, ansío el aire tembloroso que sigue sacudiendo las maderas, quisiera ver los cortinajes al viento surgir como fantasmas tejiendo su ritual, pero no puedo, es la hora del espanto. Guío a los huéspedes hacia los dormitorios, la chica ciega y su hermana me siguen mudas de la mano. Es chocante verlas andar, se mueven en bloque esquivando los muebles, van lento, tambaleantes, pero firmes como si fueran a atravesar el desierto y no les importara la sed. Parecen gemelas salvo por la estatura y los ojos-agujero de la mas niña, visten ropas idénticas, vestido largo gris y delantal, como las mujeres religiosas de esas sectas perdidas en el tiempo, con una prolijidad y una inocencia exasperantes. La palidez de sus rostros se iguala a la blancura de sus gorros triangulares. Me recuerdan a los comedores de patatas del cuadro de Van Gogh, salvo que allí las mujeres parecían felices, atareadas con la mesa familiar, en cambio ellas, están impávidas, expectantes, desplazándose por el salón como un solo cuerpo dividido. Se detienen junto a una mesita que tiene un jarrón claro, ya lo dije, la jarra está desocupada, no hay flores en la casa. Es una imagen fuerte por la inmovilidad, las chicas de la mano, la esterilidad del florero se enlaza en diagonal con las cuencas vaciadas de la niña y los ojos oscuros de la otra que interrogan los míos. Arriba, a la derecha, la presencia que desborda el marco de lo escópico, la mirada invisible que está allí, que surge claramente como el cuarto habitante de la escena que los demás ignoran pero que yo sospecho. Ese otro, tiene que ver conmigo, es mi partenaire en el espacio sacro de la casa, es a mí a quien se dirige la amenaza de su sombra. Suelo llamarlo Horla por el cuento de Mauppassant, porque el doble también habitaba en esa casa que era suya pero tiene la estructura de la mía, porque tampoco hubo reflejo en el espejo y no reconoció su propio rostro. El escritor sabía, y el Horla lo devastó, por eso se que hay otros de mi especie, algunos que conocen lo que es estar de este lado y observar como el uno y el otro se duplican en presencia de mil almas. Seres superiores o inferiores que habitan las antecámaras del cielo o del infierno, donde yo soy yo, pero soy eso, y soy mi hermana, y la chica ciega es ella y es imagen del la otra que la lleva de la mano, y las dos son una y parte mía, por eso permití que entraran en la casa. Estoy en el dormitorio con mi hermana, está agotada y no tiene otro deseo más que descansar por el resto de la noche. Sus cabellos rubios iluminan el cuarto como los huesos de los animales muertos en la oscuridad de la llanura, sus hebras se tienden sobre la pureza de la ropa de cama. Ella concilia el sueño, el sonido de su respiración se vuelve denso y profundo. Se la nota tranquila, sumergida en el enigma de la casa. Las otras dos están en el dormitorio contiguo, pero la presencia esta aquí conmigo, acechando en este cuarto donde yo también debo dormir. Afuera, el viento hace crujir las ventanas, adentro, me recuesto, mis párpados que pesan, ya es el sueño. Estoy dormida, me veo recostada en el sillón junto a mi hermana. También estoy en la habitación observando la escena y recorro pasillos espiando a los otros habitantes de la casa. Las cortinas bailan blanco mientras me deslizo inerte y el viento cruje en las ventanas de paso. En una de las claraboyas se estrella un pájaro. La tormenta es sincera, no contempla el cuerpo de los que están sin resguardo. El viento me conoce. Mi estigma refracta las imágenes y desluce a los peregrinos sin rostro. Soy la que duerme y la otra que camina, el techo que protege y el Horla que no refleja, la que desnuda la noche de los durmientes y cava agujeros en la ceguera de la pequeña, la que es ella y lo otro, la que grita y se ahoga. Me acerco a la niña rubia. Se que la voy ahorcar porque mis ojos sofocan. Todos están dormidos y el ambiente se torna dilatado. Ya se huele la asfixia en las hermanas, las otras y en nosotras. Todos van morir en la ceguera acuosa del sueño de la bruja. ¡Todo se extinguirá si no despierto! Es cuando intento gritar, siempre grito y la voz no sale. Aúllo loca, las manos en la garganta. Ese sonido sordo, horrible, tieso, del soplo que surge y que no suena. El aire que se atraganta paralizado en la traquea, que gruñe áfono como hueso en las tripas, la voz que trina silenciosa y no pasa por el cuello hacia la boca, y toma todo el cuerpo pero sorda. Los labios deformados en una O vacía y al esfuerzo infrahumano del grito silencioso, lo acompañan las manos que ahora cubren orejas que escuchan lo inaudible y no modula. Estos ojos abiertos gritan con la mirada, mientras la mano oprime sus dedos sobre el rostro. Los ojos están blancos, se vieron a si mismos, quedaron los boquetes. ¡Los huecos vociferan señales de ojo atragantado!, y mugen…. ¡Los oigo! ¡Rugen! ¡Que soy una asesina!
Y en el instante borde del sueño y la vigilia, en esa brecha oscura que aguanta un solo golpe, al fin, se abre el alivio que restaura el aliento, que devuelve las luces. De la hiancia que surge de entre grito y ceguera, se excava una vereda por donde transitar. Me levanto, de nuevo, me vuelvo protectora. Camino las huellas mías y las marcas de la otra. Abro las ventanas de la casa, dejo pasar el aura de la noche, de la lluvia. Que no mueran los pájaros, que aire no sofoque a los perdidos, no apague a los caídos, que mi encierro no asfixie, los huéspedes descansen, que yo velo los sueños, que transito los bosques, que despierto a mi hermana.
La casa, la habitamos ella y yo. Somos lo doble, lo que nunca descansa. Esa madrugada recibimos a los viajeros extraviados del crepúsculo. Habían llegado al bastión final antepuesto a la sombra. A la única luz que brilla antes de la total oscuridad.
Caro Lina Pd: No tenía ganas de escribir nada sobre arte. Así que les escribí un cuento para variar un poco... :) Besos a todos. November 14 Rosemarie TrockelFundación Proa está presentando una muestra de la artista alemana Rosemarie Trockel. Conjuntamente se exhiben una serie de obras de autores argentinos que surgieron como producto de un taller de experimentación relacionado con el trabajo de dicha artista.
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